11 de enero de 2010

Cuestión de peso

Tirada en la reposera, fastidiosa por el sol, sin ganas siquiera de broncearme, noté que cuando una está gorda y lo siente, no tiene ganas de hacer mucho para estar linda, ni de comprarse ropa, ni de salir a bailar, ni de tener sexo, ni siquiera de mirarse al espejo. Resulta que me di cuenta.

Que 7 kilos de más son el límite entre haber engordado y estar gorda.

Que el Large no le entra a ninguna mujer de más de 62 kilos, y el talle 4 sólo es tal en las tiendas de Once.

Que la gente está más dispuesta a aceptar un capricho ilógico como: “No, mayonesa no, porque no me gustan los alimentos amarillos” a que estás a dieta y por eso la ensalada la condimentás con aceto balsámico.

Que la misma gente que considera un argumento válido: “Hay gente que no tiene que comer y vos pasás hambre porque querés”, no cree tan irrefutable cuando uno le dice: “Hay tanta gente que no tiene que comer y con lo que vos gastás en el cubierto, comen dos”.

Que meter panza se puede convertir en una costumbre y eso sumado a no comer, te da espasmos en el diafragma y un hipo incontrolable.

Que la celulitis puede instalarse en lugares inéditos como los brazos, el plexo solar o las rodillas.

Que los hombres por más que dicen que prefieren que sobre y no que falte, ni bien te ven te dicen, de costado: “¿Engordaste?”

Y por sobre todo, que “yo me cuido un par de semanas y bajo”, es un mito.